El Pulso vital del museo 2: EL MUSEO: O ES SOCIAL O NO ES MUSEO

Por Encarna Lago González

Publicado el sábado 12 de enero de 2019 en el periódico PRAZA de Galicia

Forma parte da publicación “A Xestión Cultural en Galicia”, promovida polo CEU en Xestión Cultural da USC (usc.xestioncultural.com)

Traducción: Germán Paley

“En el futuro la autoridad que un museo pretende […]

garantizará tener una misión clara y distintiva bien ejecutada

y una conexión implacable con sus públicos

en una atmósfera de confianza mutua.”

Harold Skramstad





El presente artículo tiene como propósito visibilizar la lentitud en el proceso de transformación institucional de los museos y, también, la necesidad de alentar a las instituciones museísticas y a los profesionales de museos a enfrentarse a los desafíos actuales, a generar acciones de vinculación patrimonial con sus comunidades y a participar en los debates de las colectividades en las que están implicados como mediadores. En definitiva, a ser “museos”, porque un museo que no está al servicio de las personas no es museo.


Los espacios vedados a una parte importante de la sociedad durante años, empezaron a ser ocupados por colectivos diversos que, de a poco, ganan visibilidad y se van empoderando y reclamando el pasaje de estatuas de piedra a actores de carne y hueso. Protagonistas de sus propias historias, comienzan a aparecer aquellas intrahistorias que definen los constructos histórico-temporales a través del aporte de todas las miradas.


Los profesionales que defendemos la Museología Social –Socio-museología-, la museología crítica, la alter museología, somos conscientes de que la sociedad está en cambio permanente, transformación constante, y que la definición misma del museo debe también transformarse y evolucionar, acompañando los cambios sociales. En dirección a una nueva institución con responsabilidad social que incorpore a la comunidad en la construcción del proceso museológico. En búsqueda del museo PALABRERO (mediador), actor, que intervenga en la generación de procesos comunitarios de comunicación, procesos de empoderamiento y de intervención social.


Actualmente, la socio-museología tiene el compromiso de ir en busca de ese nuevo modelo de museo que construimos entre todas y todos, que nos acerca hacia el concepto defendido por Pierre Mayrand: la alter museología. Nos encontramos ante la innovación institucional: museos como espacios socio-afectivos que generen cohesión social y gestionen la exploración del desarrollo sustentable y de la igualdad.


Desde el nacimiento del MINOM (el Movimiento Internacional para una Nueva Museología), la Museología Social intentó la transformación integral de la institución para orientarla al servicio de la sociedad. Así, el museo deja de ser un espacio adaptado para convertirse en un lugar accesible para cualquier voz, cumpliendo un papel activo dentro de la comunidad con una responsabilidad social que no puede eludir. A través de este marco de teoría y práctica, creamos y generamos pensamiento, custodiamos la memoria colectiva, la memoria social y como relatores y medios de comunicación con credibilidad, como espacios de consumo cultural reconocido y legitimado socialmente, tenemos una gran responsabilidad sobre lo que decidimos contar y en cómo lo contamos.


No se trata de mera empatía sino de realmente escuchar los cinco sentidos, permitiendo y abriendo el juego para que otros y otras devengan narradore/as y narración de su propio discurso. El conflicto surge de la homogeneidad que no deja ser ni permite lo heterogéneo, imponiendo a través del discurso oficial y oficialista un poder que no empodera. Por eso, es necesario trabajar desde cinco líneas: etnia, clase, género, discapacidad y diálogo intercultural; las cinco líneas de desigualdad más evidentes dentro del discurso de cualquier institución.


“La vida crece en las fronteras”, dijo José Luis Sampedro, quizás como invitación a advertir otras voces que surgen al margen de las páginas y que alteran el patrón de escritura. Los museos dejaron fuera a la comunidad, no contemplaron la desigualdad, no le pusieron el rostro al otro, a la otra. Atrincherándose en su propio discurso, convencidos de que trabajaban por y para la comunidad podían llamarse a sí mismos “comunitarios”. Y se olvidaron de hacerlo CON la comunidad.


Por eso, ante esta situación, la respuesta ineludible es que el museo se convierta en un espacio de reivindicación de las narrativas relegadas. Se tienen que mostrar los micro-discursos incorporando a los y las protagonistas de las historias, mostrar el papel público y privado de las mujeres a través de un recorrido en nuestras colecciones, en torno a cinco áreas temáticas: obras realizadas por mujeres, discursos y modelos de femineidad, trabajos y saberes de las mujeres, rupturas, transgresiones, ausencias y silencios, y mujeres ante la adversidad. Sólo conociendo e interpretando nuestro patrimonio, desentrañaremos las claves históricas de las desigualdades.


Una mirada al pasado nos revela los hitos de la museología social: a más de 48 años de la Declaración de la Mesa de Santiago de Chile (DMS) en 1972, que expuso la reflexión y crítica permanente sobre el rol e importancia social de los museos o el Artículo 27 de la Declaración de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente de la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”. O sin ir más lejos, la propia definición del ICOM: el museo es una institución sin fines de lucro al servicio de la sociedad.


Desde el nacimiento de MINOM, mucho profesionales han demostrado la necesidad de un museo responsable, que sólo es posible si es concebido desde un rol cívico y político, a través del cual se explore el pasado, se ilumine el presente e imagine el futuro. Entendemos a los museos como instituciones funcionando en red que negocian nuevos significados culturales, que procuran alternativas al modelo construido, y que cuentan con profesionales encargados de vincularse con diversos grupos sociales. Museos accesibles para todas las personas. Museos con discurso en continua transformación que cualquiera puede reescribir. Lo hacemos desde la celebración del conflicto, entendiéndolo como el nacimiento de una discordancia que redefine los conceptos de siempre. Creemos que la cohesión social viene de la alegría de reconocer nuestra diversidad y de felicitarnos por eso. Tenemos que deshacer los discursos hegemónicos y guerrear palabra por palabra, una batalla desde la frontera de miles de lenguajes, a través de un nuevo discurso.


Desde la Red Museística Provincial de Lugo, venimos reivindicando hace 19 años ya, la necesidad de un museo accesible en arquitectura física y del pensamiento, que redefina el concepto de arte situando la idea de alteridad propuesta por Lévinas (1993) y desarrollada por otros, como Ortega (2013,2016). Innovar no se trata de un acto de creación individual a partir de la nada para mostrarle algo a un público determinado sino que es un hecho puramente colectivo. Consiste en generar un patrimonio común valorizando cada proceso creativo conjunto, en el lugar y momento de su creación: tejer entre todas y todos ese hilo invisible de la comunidad generando lugares de sabiduría compartida con lenguajes accesibles globalmente.


Esta necesidad reconceptualizadora se enmarca en el paradigma del pensamiento postmoderno que introduce cambios en las coordenadas fisico-temporales, en los discursos filosóficos centristas, en las interpretaciones globales del mundo y en los sujetos creativos. Desde esta perspectiva, puede observarse cómo el museo deja de ser sólo un espacio expositivo, para convertirse en un lugar socio-afectivo, casa común de la expresión humana. Debemos establecer una co-creación comunitaria y una vinculación social, provocando la sinergia entre diferentes instituciones y personas, que garantice el flujo entre la idea y su concreción posible.


REPENSAR EL CONCEPTO DE ACCESIBILIDAD UNIVERSAL


Antes, en la sociedad moderna, tiempo y espacio se concretaban en coordenadas posibles y abarcables a la dimensión humana, pero la posmodernidad, caracterizada por el desarrollo tecnológico, deslocalizó al ser humano acercándolo a realidades antes inabarcables y ahora próximas (Vidal 1 y Vidal 2, 2006). En este contexto, la comunidad global se hace cada vez más presente en nuestro mundo y en consecuencia surgen otras necesidades como la de empatizar con procesos que no siempre comprendemos, que nos interpelan y a los cuales debemos responder (Ortega, 2013 y 2016).


No se trata entonces de ganar o incorporar públicos, antes excluidos y ahora posibles, sino de convertirnos en lugares de creación donde comunitariamente pasemos de espectadores a pensadores, creadores y gestores de iniciativa. Evidentemente, esto supone afrontar riesgos, dialogar con otres, crear lenguajes comunes y accesibles, salir a las calles para observar la expresión artística que allí sucede, repensar los espacios, para que nazcan las iniciativas creadoras, y generar un patrimonio distinto que después, va a valorarse o no, pero que existe y es per se.


LA PALABRA COMO TEJIDO COLABORATIVO


En esta nueva alter-museología es clave entender la palabra no sólo como puente comunicativo sino como simple expresión. Ya no es necesario poseer una habilidad o destreza artística especial para poder decir a través del lenguaje lo que sentimos o lo que nos une o desune a una idea, una emoción, un concepto. El lenguaje es una herramienta común al género humano, que construye la realidad, tipifica el mundo que habitamos, nos permite expresar la emoción, e igualarnos alrededor de un código ético, o de la alteridad, que, sin privilegiar una voz sobre otra, las reconoce a todas en una suerte de discurso nacido en la divergencia y a partir del debate. “Somos seres de lenguaje, nos construimos con él y puede actuar sobre nosotres porque somos vulnerables” (Butler, 2009).


Al decidir que la no-comunicación no existe, y al mirar más allá de lo que ruge y vibra, los nuevos museos dan lugar a todas y todos, quienes laten en las márgenes, y eso es arte en tanto dibuja y mueve el aire de la expresión humana, que da vida al paisaje, a la ciudad, al barrio, e incluye no solamente a lo evidente y lo políticamente correcto sino también a la voz de las personas disconformes, diferentes, renegadas, alejadas, excluidas, marginadas, incomunicadas, con discapacidad, solitarias.


Antes mencionábamos que la sociedad postmoderna altera las coordenadas temporales y físicas, modificando el orden social al desenfocar todos los límites, empezando por las fronteras existentes entre las disciplinas de tal forma que el acto de creación artística se ha transformado. La principal transformación que dibuja la posmodernidad es ante todo la ruptura de los grandes discursos y de las verdades modernas. Con el pensamiento posmoderno, a la vez que el objeto de estudio es sustituido por el sujeto que estudia, la supuesta objetividad investigadora da paso a la subjetividad de quien investiga como motor que empuja toda la investigación.


Así, de esta nueva realidad, nace otro camino para entender el mundo que deriva en una des-hegemonía del discurso, ya que, como señala Foucault, el pensamiento posmoderno se caracteriza por “un descentramiento que no deja privilegio a ningún centro”.


CONCLUSIÓN


El museo fue una institución privilegiada de una clase determinada, un espacio donde se conserva el conocimiento/saber y la historia “oficial” y, si bien esto fue cambiando, aún deber cambiar un poco más. Tenemos por delante un reto a reformular la institución en clave diversidad e igualdad. La renovación del pensamiento y de la práctica iniciada por Henry Riviere y André Desvalles, la alter-museología de Pierre Mayard, nos van marcando el camino. Pero, debemos profundizar la idea de un museo expandido, abierto, flexible, dinámico y accesible a la expresión humana: aspiramos a trabajar en red, compartiendo ámbitos. Un nuevo museo llegó para quedarse, un museo que trabaja y se piensa constantemente para abordar lo común, un museo en que nadie quede fuera.

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