El Pulso vital del museo 1

Germán Paley


Recuerdo que cuando tenía cinco años, no había nada que me fascinara más que quedar al cuidado de mi abuela; en ese tiempo de ser nieto, la atención cobraba forma de comidas deliciosas, de tardes de juego y de vez en cuando, de algún que otro paseo por el barrio. Un día, en nuestras habituales caminatas por el Parque Centenario, en lugar de ir al sector de las hamacas y el tobogán, mi abuela siguió de largo y ahí empecé a ver un edificio enorme que tenía rejas tejidas por arañas, búhos guardianes en las columnas y al entrar, luego de subir unas imponentes escaleras, me recibió un dinosaurio, o lo que de él quedaba, sus huesos. Ese día, mi abuela me llevó al Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia y durante un buen rato, me perdí recorriendo las vitrinas entre obsesiones taxonómicas y espantos taxidérmicos.


Cada sala iba ofreciendo un capítulo de historia natural desde una inmovilidad perfecta, esa quietud de las colecciones invitaba a caminar para que la narrativa se ponga en marcha… hasta que entré a una sala donde todo cambió: lo que, pienso, ahora vería como tristes peceras pobremente acondicionadas, en ese entonces me fascinó, un espectáculo de pantallas vitales, cuadros móviles donde cada especie acuática se revelaba a través de un ejemplar o en cardumen, y ese movimiento me mantuvo a mí detenido en la observación más pura, fascinado mirando la vida en movimiento.


Estimo que recordar la primera vez que conectamos con un museo puede decirnos algo de cómo nos vinculamos con el museo ahora… y si no, ese ejercicio del recuerdo, tal vez, nos acerque un poco a ese necesario estado de infancia y, más allá del museo, poner en práctica la memoria para conectar con quienes somos ahora. Me veo con la cara bien pegada a los vidrios de las peceras en el museo de ciencias naturales y luego, alimentando a los patos y a las carpas koi del lago. La vida que fluye en el agua, entre las peceras del museo y el lago del parque: adentro y afuera, conectados.


Esa primera experiencia de museo a la cual vuelvo mucho tiempo después, ya como educador de museo, para pensar qué hacen los museos, cómo construyen sentido, qué aprendizajes generan y de qué manera… pero sobre todo, vuelvo a esa experiencia para pensar la tarea que tenemos como educadores de museos, cuál es nuestra responsabilidad, nuestra tarea, nuestro poder y alcance, y principalmente, me pregunto si todo eso que creemos saber de lo que hacemos es realmente lo que debería regir la experiencia.

No recuerdo que haya habido nadie mediando entre la pecera y yo, excepto un vidrio y su transparencia. Una experiencia de exposición directa. Y ahora, de un modo casi borgeano, me pregunto, ¿qué haría como educador si me encontrara conmigo-niño mirando esa pecera? ¿trataría de ser tan transparente como el vidrio, guiaría dando información, buscaría favorecer conexiones con las carpas koi, me preguntaría si conozco alguna canción debajo del mar…? Los caminos son múltiples y por supuesto, se bifurcan.


Pero sin duda, hoy, tanto ese niño de cinco años como este pedagogo de cuarenta, están convencidos de que la experiencia de museo es VITAL. Una obviedad, sí; pero, al profundizar sobre esa capa superficial de sentido podemos ver que justamente allí radica nuestra tarea como hacedores de museos: tenemos que bucear las profundidades de lo obvio para ir deconstruyendo la idea de museo y sus posibilidades, los entramados de poder que configuran al museo y sus realidades… o sea, no (océano) es lo mismo trabajar en un museo que hacer museo, pensar museo, sentir museo, pero sin duda alguna para trabajar en un museo hay que pensarlo y sentirlo para poder hacerlo de un modo VITAL y HUMANO.


La educación en museos nos arroja inevitablemente a la dimensión humana de la museología, no nos queda otra que conectar (aunque no necesariamente el contacto es conexión). Hacer conexión. Hacemos vínculos: de las informaciones al conocimiento, con, entre y para personas, de las superficies a las profundidades, de lo material a lo sensible… y sin embargo, lo material es muchas veces tan poco sensible con nosotros, relegando nuestra tarea al final de procesos creativos, marginando nuestra labor como un residuo de dinámicas de construcción, olvidando(nos) que el museo si no es movido por sus “visitantes” carece de vida, digo, de sentido.


¿Y cuál es el sentido de lo que hacemos, entonces? ¿Se creen que aquel niño de cinco años fascinado con las peceras siguió los pasos de Jacques Cousteau? Por suerte, así como los museos, el devenir de la existencia es también complejo y múltiple, y la linealidad del tiempo una ficción simplificadora de la complejidad de las interrelaciones vitales a veces casuales y otras tan causales que parecen mera coincidencia: resulta que si bien coqueteé con la ecología a mis doce, y comencé a estudiar antropología a los 18, terminé estudiando traducción y llegué a fascinarme por la gramática chomskiana o por la posibilidad de generar puentes, una vez más, hacer conexiones.


Pero, la tarea del traductor, me di cuenta muy adentrada la carrera, me resultaba tan solitaria como la vida en una pecera, y las vueltas de la vida me llevaron a desarrollarme como productor audiovisual y colaborar en proyectos culturales. Tuvieron que pasar muuuuchos años para que se abra en mi vida el capítulo de trabajar en un museo y allí ¿comenzó? a desplegarse una nueva narrativa que parecía contener todos los relatos anteriores o futuros.

Aún sin saberlo, todo aquello que había hecho y que aún estaba por descubrir, se orientaría a pensar al museo, la tarea de la educación, la construcción de vínculos con los visitantes y particularmente, el tejido de redes de sentido con otros profesionales de museos, que como yo, estaban transitando dimensiones similares y que como traductores de nuestras propias experiencias, empezamos a compartirnos para entender qué hacemos. Este derrotero existencial no sé si explica directamente algo, pero puede acercarnos al porqué de este primer artículo colaboración con Museos Creativos.


Este artículo surge de aquello que considero es la unidad mínima de todo museo: la conexión. Y en ese afán de vincular, de establecer conexiones, a(r)mar redes, la dimensión museo, cual Pitonisa, me fue cantando sus verdades e, inevitablemente, me vi en la encrucijada de la pastillita roja o azul, porque hacer museo es tomar elecciones y un museo puede estar orientado a ser SOCIAL o no, y eso configura materializaciones muy distintas. Por supuesto, que es posible introducir variaciones en la Matrix y nada es tan extremo ni binario (por sí o por no), pero claramente, el camino que se abre al escuchar el latido de lo social inevitablemente nos conduzca a transformaciones necesarias de las cuales es muy difícil volver atrás.


Este camino me llevó hasta la Red Museística Provincial de Lugo como participante del Congreso Internacional Musapalabra y gracias a esta conexión conocí un texto de Encarna Lago, que en un atrevimiento sideral, me animé a traducir del gallego para poder socializarlo con colegas hispanoparlantes. Esta traducción como una cebolla (espero que no haga llorar) tiene múltiples capas: la información que se socializa, el afecto que se comparte, la convicción que se contagia, la ideología por la que se pelea. Porque no hay museología social sin una toma de postura ni amor. Porque es posible abrir los museos a la vida. Porque no hay nada más lindo que salir de la pecera y compartir pensamientos que nos permiten respirar y oxigenar nuestras prácticas. Porque Encarna imanta con sus palabras, les recomiendo que la lean:


Continuará....

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